Todo un récord, comenta Juan Cruz en Cosa de familia: los Castro llevan ya 52 años en el poder. Lo que equivale a 13 mandatos en cualquier país con elecciones presidenciales cada cuatro años. Un horror.
Lo que más duele, con todo, son las últimas dos décadas de sobresaturación. Hacia 1990, efectivamente, había sonado "la hora final de Castro". Era un clamor, dentro y fuera de Cuba. Los que vaticinaron entonces la caída del régimen no andaban tan despistados como se piensa a posteriori. Fue la historia, en todo caso, la que se equivocó. O mejor dicho, fue Fidel Castro con sus malas artes quien logró una vez más torcer el curso de los acontecimientos y prolongar su reinado otros 20 años.
No obstante, la cúpula dirigente estaba preparada para el escenario de una fuga de emergencia mediante una especie de operación Odessa. Un plan B, vigente todavía aunque en standby, que se inició con una avanzadilla de parientes y testaferros que salían de Cuba y se establecían como supuestos empresarios en el extranjero. La idea era --sigue siendo-- tener permanentemente lista una red de acogida y protección a los jerarcas castristas en caso de desplome irreversible del régimen.
Hoy, los históricos octogenarios se disponen a morir de viejos, tranquilamente y en la cama. Su generación desaparecerá por completo en los próximos cinco o diez años, como ratificó el propio Raúl en su discurso Rectificamos o nos hundimos. Mientras tanto, la política cardinal de la dictadura, al igual que dos décadas atrás, va encaminada a ganar tiempo, si bien esta vez reviste una reconversión controlada hacia un capitalismo en pequeña escala. La táctica, para ese medio/corto plazo, es ir situando en puestos clave a los herederos de la dinastía Castro Ruz (se espera en el próximo Congreso del PCC la promoción al Comité Central de cuatro, o por lo menos dos, de los hijos de Fidel y Raúl ). Suenan más los nombres de Alejandro, Mariela y Tony Castro.
La estrategia, a largo plazo, es la de perpetuarse en el poder otros veinte años. Mientras que el régimen procede astutamente a evitar que cobre fuerza cualquier eventual protesta o estallido puntual, amenazando incluso con la fuerza policial para asegurar la implantación de su brutal reajuste económico, la oposición y el exilio andan a la expectativa, esperando que la solución les venga del cielo. "Algo va a ocurrir. Puede ser que demore seis meses, ocho meses, un año... pero no demasiado más", vaticina con sano optimismo nuestro venerable Húber Matos. Sin embargo, exceptuando el espontáneo maleconazo de 1994, lo normal en Cuba es que nunca suceda nada que desborde al régimen.
No quiere decir que la tiranía gerontocrática no pueda caer algún día, pero no será mediante los eventos sociales vacuos de los figurones de la FECU y otras organizaciones de relumbrón. Tampoco parece viable una insurrección militar, a la que ha apostado siempre Húber Matos y, más recientemente, Lincoln Días Balart en su llamamiento a los militares cubanos. Los generales y coroneles, y en general los oficiales con cargos sensibles, están más vigilados que el más audaz de los disidentes. Son monitoreados minuto a minuto, controlados hora tras hora, chequeados día por día, sin perderles pie ni pisada. ¿Podrían reunirse para interactuar a sus anchas y conspirar contra los hermanos Castro? Tan difícil que resulta casi imposible, al menos en vida de Fidel y Raúl.
Finalmente, ¿vendrá la solución desde dentro del régimen? Nunca debe decirse nunca, pero no parece ser un escenario factible en el momento actual. Aunque no sea muy de sabios acogerse a la dudosa sabiduría del refranero, uno no puede menos que recordar aquel viejo dicho: "Nunca candela vi yo que la apague el mismo viento que la encendió".
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